16/2/12

haiku de las cuatro estaciones, Matsuo Basho

_Entre mis mayores amores están la cultura japonesa, y en especial el arte del haiku, sublime expresión de lo maravilloso, lo natural, lo divino y lo humano, expresado con la suave sencillez de quien respira.
_A través de la generosidad de la red, he dado con un archivo de literatura japonesa, y con este maravilloso libro, un notable clásico del haiku, del gran maestro Matsuo Basho. Además la introducción merece ser leída, aunque a menudo por pereza nos saltamos prólogos e introducciones.
_Pueden respirar suavemente y adentrarse poco a poco en el prodigio.
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basho
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HAIKU  DE  LAS
CUATRO  ESTACIONES
Matsuo Bashō




INTRODUCCIÓN

El haiku es una forma poética japonesa fuertemente influenciada por el Budismo Zen.

No voy a tratar en esta breve introducción el carácter lingüístico y literario del haiku. Existe un excelente estudio en castellano al que remito al lector interesado[1]. Quisiera más bien esbozar la idea del haiku en tanto que experiencia espiritual, es decir en tanto que acto que trasciende los límites mismos del lenguaje.

HAIKU Y LENGUAJE

Salvador Pániker escribe en su Aproximación al Origen: "El hombre es un animal enajenado, víctima del simbolismo de su lenguaje.

Efectivamente. Más que vivir en la Percepción Pura de la Realidadvivimos prisioneros del simbolismo del lenguaje. Nuestra percepción de la Realidad viene filtrada por las categorías de nuestro mundo simbólico. El hombre no domina el mundo simbólico de su lenguaje, sino que es dominado y condicionado por él. Lo que nosotros llamamos Realidad no es más que lo que las categorías de nuestro lenguaje puede asimilar.

Digamos que el carácter relativo del lenguaje primitivo, en su gestación hace miles de años, se ha convertido en carácter absoluto y el hombre actual no sabe percibir más allá de este mundo simbólico absolutizado. Así la cultura se ha formado como proyección social del lenguaje humano y a la inversa se ha convertido en factor determinante en la formación de este mundo simbólico.

No obstante, en todas las épocas ha habido hombres que han intuido una Realidad más profunda y más amplia, más allá de los límites del lenguaje y de la cultura. Se les llama sabios, místicos, maestros espirituales, y concretamente en el caso de haiku, aunque parezca paradójico, poetas.

El lenguaje es por naturaleza profundamente dualista. Surge de la separación de la cosa real y el símbolo que la designa. De esta manera y de un estado original no dual, el hombre pasa a encontrarse separado de la Realidad, ya que el símbolo se interpone. El lenguaje evoluciona al mismo tiempo que la inteligencia. Comienzan a surgir todo tipo de dualidades derivadas: sujeto-objeto, verdad‑mentira, Realidad‑Irrealidad, etcétera.

El lenguaje se va desarrollando a partir de una serie de dualidades fundamentales hasta llegar al sistema simbólico complejo y autónomo de nuestros días.

Pero este proceso iniciado desde el estado pre‑simbólico ‑estado original, no dualista­­- hasta el mundo simbólico y autónomo del lenguaje actual no fue el mismo en todas las culturas. La cultura occidental ‑greco‑judeo‑cristiana‑ es la que más ha avanzado por este camino, la que ha creado el lenguaje más superestructurado y abstracto y, por lo tanto, la que más se ha alejado del estado pre‑simbólico. De hecho la tradición religiosa judeo­cristiana, columna vertebral de la civilización occidental, se basa principalmente en el lenguaje escrito.

La intuición y la presencia del estado presimbólico original es mucho más patente en las culturas orientales. Oriente, al mismo tiempo que desarrollaba el mundo simbólico del lenguaje, era de alguna manera consciente de su artificialidad, de sus límites, de la falacia dualista que representaba, y siempre mantuvo un contacto sano con el estado original pre‑simbólico. Por eso, sus lenguas se vieron forzadas y obligadas a ser lo menos concretas y lo más cercanas posibles a la Realidad pre‑simbólica.

El haiku es una manifestación quintaesencia de esta concepción del lenguaje. Lo más importante en el haiku no es “comunicar un concepto a través de unos símbolos". Sino despertar en su autor la conciencia de la No dualidad primordial. Volviendo a Pániker: "El hombre es un animal víctima de lo simbólico. Eso explica la compulsión a imponer su propio código simbólico. Si esbozáramos una fenomenología de cualquier discusión entre humanos advertiríamos la patológica necesidad que tiene cada parte de imponer su visión simbólica de la realidad...
Nada delata tanto la necesidad que tenemos los unos de los otros como nuestras mismas discusiones y querellas. Nos sentimos incomunicados si la otra parte no acepta nuestro sistema simbólico. Somos incapaces de trascender lo simbólico y darnos la mano a un nivel más hondo y real...”

Pues bien, en el haiku el autor, especialmente los grandes maestros, no tratan de imponer nada, no quieren comunicarnos su personalidad o su sistema simbólico.

Aunque pueda decirse que el haiku es un símbolo de la visión intuitiva de la realidad, creo que es algo más. El hecho de componer un haiku es en sí mismo la visión intuitiva de la Realidad, es la experiencia espiritual por excelencia, es decir, la liberación de los límites del lenguaje, la experiencia del estado pre‑simbólico.

¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser el haiku, cuyo material básico es el lenguaje simbólico, una experiencia del estado original pre‑simbólico? ¿Es que este estado pre‑simbólico puede ser expresado, atrapado por el lenguaje simbólico? Es verdad que esto es una gran contradicción. La respuesta es simple: Lo más importante en el Haiku no es lo que dice sino lo que no dice. Por eso el haiku no nos comunica nada a nivel simbólico sino que más bien despierta en nosotros una consciencia trans‑simbólica, imposible de definir. En el haiku no hay comunicación conceptual, ya que no “pretende comunicarnos un mensaje simbólico" Lo que comunica en el haiku no es lo que se dice sino lo que no se dice. Su comunicación es invisible, inatrapable. Pero la fuerza del haiku no reside solamente en lo que no dice, sino en la intensa relación que mantiene lo dicho con lo no‑dicho, lo expre­sado con lo no‑expresado, lo visible con lo invisible. Ambos factores son esenciales.

Por eso no creo que la experiencia de la Realidad pre-simbólica seaantes y la composición del Haiku después. La composición del haiku es en sí la experiencia de la Realidad pre‑simbólica. Vamos a ver, no caigamos en las trampas de los conceptos. Esta experiencia de la Realidad pre‑simbólica la llamamos estado original no‑dual, infinito, absoluto, ya que aún no existe ninguna categoría que trace límites. Este estado es la Unidad total y absoluta, lo incluye todo, incluso el mundo simbólico del lenguaje. El problema no radica en el lenguaje. Sabemos que su simbolismo es limitado y dualista. Esa es su naturaleza. Lo absurdo sería querer expresar con este simbolismo la experiencia del estado pre‑simbólico. Lo esencial es así la conciencia con la que se utiliza el lenguaje.  La conciencia debe ser libre, más allá de los límites del simbolismo. Así podemos utilizar los límites del lenguaje sin caer en ellos, sin que la conciencia sea atra­pada por el mundo simbólico. El lenguaje no puede expresar lo que está más allá de sus límites, pero siempre desde una gran libertad de conciencia se puede utilizarlo.

La perfección de un haiku radica entonces en su habilidad para comunicarnos lo incomunicable, es decir en su poder de sacarnos del simbolismo del lenguaje y ayudarnos a acceder al estado pre‑simbólico.

Pero de todas maneras, las traducciones a las lenguas occidentales del haiku japonés dan un reflejo demasiado pálido de su fuerza original. La estructura de las lenguas occidentales está demasiado atomizada en categorías y su simbolismo ha cobrado una personalidad autónoma demasiado fuerte como para despertar en nosotros una experiencia absoluta e integral.

El haiku apunta directamente a la esencia pre‑simbólica, por eso su forma es generalmente un sintagma nominal, sumamente breve; y si incluye algún verbo, éste aparece desposeído de flexiones temporales y personales. La forma lingüística original del haiku en japonés aún permite expresar la no dualidad entre sujeto y objeto. La experiencia del haiku es total y absoluta, aquí y ahora. No soy "YO" el que se asombra de la belleza de la luna, y después plasmo "mi" asombro en un poema.

Eso que llamamos "yo", "asombro", "belleza', "luna': y "plasmación de todo esto en un poema” constituye un todo inseparable, es algo que sucede aquí y ahora; así, por ejemplo, un haiku que literalmente traducido sería:

“Luna llena otoño rodeando lago noche toda”

Al pasarlo a una lengua discursiva, cargada de partículas y de nexos, cuyos sintagmas verbales poseen flexiones de tiempo y persona, quedaría algo así:

“Luna llena de otoño he vagado toda la noche alrededor del lago.”

Con lo cual pierde la evocación de un estado no dual, pierde toda su fuerza, y el poema se convierte así en un discurso que transcurre en un tiempo que va del antes al después.

El haiku original escapa de las trampas del lenguaje discursivo y de las categorías. Se instala en la eternidad absoluta del momento presente. Y este absoluto lo incluye todo, incluso el mundo simbólico del lenguaje limitado. Por eso no creo que la composición del haiku sea posterior a la experiencia. El hecho de escribir un haiku forma parte de la experiencia del Despertar de la conciencia a una Realidad pre‑simbólica o trans‑simbólica –SATORI en el Budismo Zen–. Es simplemente algo que sucede.

Esto no significa que componer un buen haiku sea cosa fácil. El lenguaje debe ser trabajado, maleado, depurado, día tras día, haiku tras haiku. A veces el haiku expresa demasiado, cerrando así las puertas "a lo que no se puede expresar". A veces la experiencia pre‑simbólica es vivida con tal intensidad que el haiku que intenta "no expresarla” se vuelve oscuro e impenetrable. El lenguaje debe ser templado como una espada y estar siempre preparado. Así, en un momento dado, la experiencia pre-simbólica puede manifestarse a través de la correcta polaridad "expresiva no‑expresiva" del haiku.

En todo lo dicho se observa una intensa influencia del Budismo Zen. Muchos escritores de haiku siguieron las enseñanzas de Maestros Zen y practicaron la meditación Zen en tanto que experiencia de la Realidad original pre‑simbólica. Los Maestros Zen repiten siempre que la experiencia por excelencia es la meditación en postura del Buda, pero que esta experiencia podía ser vivida en cualquier momento y situación de la vida cotidiana, ya sea en la toilette,caminando, comiendo, trabajando y –por qué no– componiendo haiku. Ya que la experiencia de la Objetividad pre‑simbólica no está reñida con la subjetividad del código simbólico. Ambos aspectos pueden vivir en completa no‑dualidad.

MATSUO BASHO

Matsuo Basho (1644‑1694) es considerado como el mayor poeta de haiku jamás nacido. Nació y se educó como samurai.

Cuando su señor murió dejó la fortaleza en la que vivía y se dirigió a Kyoto, donde comenzó a estudiar los clásicos chinos y japoneses. Los primeros años de su vida estuvo fuertemente influenciado por la enseñanza de Confucio que por aquella época gobernaba el mundo de los samuráis.

En 1681 conoció al Maestro Zen Bucho del que recibiría la iniciación a la sabiduría Zen. Durante su vida utilizó varios seudónimos. Al comienzo Tosei (Melocotón Verde), más tarde lo cambió por el de Basho (plátano).

Después de conocer al Maestro Zen Bucho y debido a su profundización en el Zen, se dio cuenta de que la poesía era algo más que belleza o moralidad, intelectualidad o ingenio verbal. A partir de entonces busca una nueva trascendencia en su poesía y hace del haiku la expresión humana de la iluminación Zen. Por eso no utilizó el waka que era la forma poética más literaria, sino que eligió el haiku. El waka se centraba en la belleza, en lo lírico, sus premisas eran más que temporales y en definitiva explicativas.

El haiku, como la vida Zen, se centra en lo cotidiano y no excluye nada de su campo. Sucede aquí y ahora, sin considerar el antes o el después, y sus temas son la mayoría de las veces indefinibles.

La poesía de Basho surge de su amor del contacto con la naturaleza. El mismo decía que sin experimentar el frío y el hambre la verdadera poesía era imposible. Su vida estuvo marcada por la pobreza buscada intencionalmente y por las continuas peregrinaciones a lo largo de todo el Japón.

Según Blyth, Basho es uno de los mayores poetas del mundo por el hecho de que vivió la poesía que escribió y escribió la poesía que vivió. Unificado con la naturaleza, recorriendo continuamente los caminos del Japón, Basho experimentó la soledad, el frío el desaliento y de todo ello supo extraer la fuente de su inspiración.

La naturaleza fue un factor determinante en la vida y en la obra deBasho. Veía en ella al auténtico maestro viviente. Sus formas cambiantes le descubrían la verdad inmutable. La sucesión de las estaciones era el ritmo de su respiración.

El haiku de Basho es simple y natural. "Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento", decía él mismo.

El haiku es intuición pura del aquí y ahora. En esto vemos aún la influencia del Zen. El poeta debe abandonar sus actitudes personales. Debe evitar que su "yo" se interponga entre los objetos y la intuición de los mismos. Así, la vanidad del poeta no debe manifestarse, no debe querer componer un poema impulsado por su ambición. En palabras de Basho:

“Los versos de algunos poetas están excesivamente elaborados y pierden la naturalidad que procede del corazón. Lo que viene del corazón es bueno, la retórica es innecesaria."

"El valor del haiku es corregir la utilización de las palabras ordinarias. No debemos tratar las cosas descuidadamente. "

Estas palabras podrían ser confundidas con las de un Maestro Zen.

Basho comenzó a enseñar el arte del haiku cuando contaba treinta años. Su primer discípulo fue Kikaku. He aquí una anécdota de este tiempo plenamente reveladora y que nos abre el camino hacia la intuición poética del Maestro en haiku.

Está contada por F. P. Izquierdo en su excelente obra "El Haiku japonés".

"Cierto día, Basho y Kikaku iban paseando por el campo y se quedaron mirando las libélulas que revoloteaban por el aire. En ese momento, el discípulo compuso este haiku:

¡Libélulas rojas! Quítales las alas y serán vainas de pimienta."

El Maestro respondió: "No. De ese modo has matado a las libélulas. Di más bien:

¡Vainas de pimienta! Añádeles alas y serán libélulas.

Vivificar la naturaleza, no destruirla, esa era la vocación poética y vital de Basho.

Basho murió en 1694 en el curso de una de sus peregrinaciones, rodeado de discípulos y amigos. "Durante sus últimos días de enfermedad hablaba continuamente con ellos sobre filosofía, poesía y religión. Viendo sus discípulos que se acercaba la hora de su muerte, le rogaron que compusiera su poema de despedida. El rehusó, argumentando que durante sus últimos diez años había escrito todos los versos como si cada uno fuera el de despedida. "El haiku de ayer es el poema de despedida de hoy. El de hoy es el poema de despedida de mañana. No he escrito ningún verso en mi vida que no sea mi poema de despedida.
Cual­quier verso que yo haya compuesto en los últimos años puede ser mi poema de despedida. Todo lo que existe es siempre y originalmente la forma del Nirvana. El Buda Shakyamuni se despidió con estas palabras y toda su enseñanza está incluida en ellas… Así que, repito, ningún verso en particular será mi poema despedida.”
Basho se durmió con estos pensamientos, pero a la mañana siguiente llamó a sus discípulos junto a su lecho y les dijo que durante la noche había soñado, y que al despertar había intuido un haiku. Y lo enunció delante de todos:

Habiendo enfermado en el camino, mis sueños merodean por páramos yermos.

Aún hoy, dentro y fuera del Japón, Matsuo Basho es considerado como el Maestro indiscutible en el arte del haiku.

Francisco F. Villalba.   Madrid  1983






HAIKU DE LAS CUATRO ESTACIONES



Tomando prestada mi casa 
de los insectos, me dormí.

Mi sombrero, cubierto
con ipomeas.

No lo olvides:
caminamos por el infierno, contemplando flores.

Bajo los cerezos
no hay extraños.

Cuando me vaya,
guarda bien mi tumba,
saltamontes.

Mujer,
que caliente la piel
que cubre.

El ruiseñor,
visto raramente,
ha venido dos veces hoy.

Incluso en mi ciudad
duermo ahora
como un viajero.

Flores de ciruelo
la nariz, el corazón.

Estornudo,
la alondra
perdida de vista.



Flores de cerezo, tantas, 
que mi cuello está torcido.

Luz de luna
en campos de melones,
un zorro estornuda.

Mis viejos muslos,
qué delgados
a la luz del fuego.

Imagínate, el monje se fue 
antes de que saliera la luna.

Robar melones
lo olvidé por completo
con el frescor.

Plantas de brezo, sandalias 
todavía fragantes.

Rocío abrazándose
al campo de patatas,
la Vía Láctea.

Fin de año
y todavía con sombrero
de paja y sandalias.

Un viejo estanque,
se zambulle una rana.
Ruido del agua.

Luna de agosto.
Vagué junto al estanque
toda la noche.


Yo soy un hombre
que se toma su arroz
ante el roble

Sale una abeja
del hondo cáliz de una peonía: 
¡Qué despedida!

Día invernal
encima de mi caballo
la sombra congelada.

Por encima del barco
abdómenes
 
de patos salvajes.

Con esa luna el ladrón 
para a cantar.

Perdido en el bambú
pero cuando sale la luna
mi hogar.

Estoy aquí por estar 
y la nieve sigue cayendo.

Esta noche también tú 
vas con prisa, luna de otoño.

El mensaje de Buda 
brilla en el rocío
 
de una hoja.

Donde hay hombres
encontrarás moscas
y Budas.

No llores
insectos, amantes, estrellas
también partirán.


El granjero
me indica el camino
con un rábano.

Primera cigarra:
la vida es cruel, cruel, cruel.

Luciérnagas entran en mi casa
no las despreciéis.

Que pudiéramos morir
como en primavera
las flores de cerezo
puras y brillantes.

¿Por el rostro de las flores
será intimidada la luna tenue?

Cómo se parece a su reflejo 
en el agua el iris.

Interrogaría
sobre el haiku chino
a esta mariposa que vuela.

No pertenece
ni a la noche
ni a la mañana
la flor del melón.

Las patas de la grulla
se han hecho más cortas
en las lluvias de mayo.

¡Ni tan siquiera un sombrero 
qué empapado estoy oh!

Desde el fondo de la peonía 
de mala gana sale la abeja.


Despierta, despierta 
te tomo como amiga
 
mariposa.

Un leve instante
se retrasa sobre las flores
el claro de luna.

Zumbidos de estorninos
del loto caen frutos
tormenta matinal.

Mis cabellos han crecido
y mi rostro ha palidecido
lluvias de mayo.

Por todas partes
se precipitan las flores
sobre el agua del lago.

El perfume de las orquídeas
en las alas de las mariposas empalaga.

Luna veloz
las copas de los árboles
retienen la lluvia.

Arranco mis canas
bajo mi almohada
chilla un saltamontes.

A cada racha de viento
la mariposa se desplaza
sobre el sauce.

Las gentes del siglo
no contemplan las flores
del castaño cerca del tejado.

Brisa ligera apenas tiembla 
la sombra de la glicina.

Estoy en Kyoto
cuando canta el cucú
soñando con Kyoto.

¡De qué árbol en flor no sé
pero qué perfume!

El ruido de alguien
sonándose la nariz
ciruelo en flor.


No lo dudes
también la marea tiene flores
bahía primaveral.

Sólo soy un hombre
comiendo su sopa
ante la flor de asagao.

Noche de primavera
en la sombra del templo
un misterioso devoto.

¿Es primavera?
La colina sin nombre 
se ha perdido en la bruma.


El crisantemo blanco
el ojo no encuentra
la menor impureza.

Los ruiseñores
detrás de los sauces
delante de las zarzas.

Doradas saladas
sus frías encías
en la pescadería.

En la luna creciente
la tierra velada
flor de sarraceno.

En lo más alto del techo
un poco de sol pálido
frescor de la tarde.

El cucú pero su canto 
se ha quedado sobre el agua.

Brisa de primavera
con la pipa entre los dientes
el señor barquero.

Perfume de crisantemos 
suelas usadas en el jardín.

Al olor del ciruelo surge el sol
sobre el sendero de montaña.

Lluvias de mayo en los morales
gusanos de seda enfermos.

Con mi paraguas paso a través
de los sauces.

Incluso al día siguiente
de la tormenta
los pimientos son rojos.

Secretamente por la noche 
los gusanos en las castañas
 
bajo la luna.

En pleno día su nuca es roja
la luciérnaga.

En mis ropas de verano
aún hay pulgas en libertad.

Allí donde el cucú 
desapareció hay una isla.

El nido de cigüeñas
entre las hojas del cerezo.

Templo de Suma
oigo las flautas antiguas
desde la sombra de un árbol.

Puente suspendido
a las plantas trepadoras
se aferran nuestras vidas.

Pinchando las doradas
bajo el frescor de los sauces
la mujer del pescador.

Viene a verme aquí
desde el vivero
una voz de sapo.

Esta jornada ardiente
la arroja al mar
el río Mogami.

Un viejo estanque
salta una rana ¡plof!

Un cangrejito
escalando mi pierna
aguas de manantial.

Más alto que las alondras
descanso en pleno cielo
en la garganta de la montaña.

Silencio 
la voz de la cigarra
penetra las rocas.

El primer melón
lo cortamos en cuatro
¿o bien en tajadas?

En mi copa de sake
han dejado caer barro
las golondrinas.

Admirad bien la luna
antes de que corten
los juncos del río.

La grulla grita con un quejido 
que desgarra el banano.



Viento del río
en kimono de verano
frescor de la noche.

Cabaña de pescador 
entre las gambas un grillo.
Desde la punta de la hierba
tan pronto como cae
emprende vuelo la libélula.

Caza de luciérnagas
el barquero está borracho
¡qué catástrofe!

Paulonias
murmullo de codorniz
tras la valla.

Bebamos toda la noche
para hacer un tiesto de flores
con el tonel.

Alguien bate las palmas
el eco blanquea el cielo
luna de verano al alba.

En mi casa 
todo lo que puedo ofreceros
son mosquitos pequeños.

La primavera pasa 
lloran los pájaros
 
y son lágrimas
 
los ojos de los peces.

¿Los pétalos de la rosa amarilla
gimen y caen al oír 
el agua saltarina?

Manchados de barro por 
el rocío los melones
 
parecen más frescos.

Confía al sauce el hastío
y el deseo de tu corazón.

Montañas y jardín
entran en la habitación
el verano.
En medio de la llanura
canta la alondra
de todo libre.

La libélula
intenta en vano posarse
sobre una brizna de hierba.

Ahora que los ojos 
del halcón
 
se oscurecen
las codornices pían.

La luna en el sexto día
es el momento de asar 
las gambas a la caída
 
de la tarde.

En el establo 
oscuros zumbidos de mosquitos
últimos calores de verano.

Sueños efímeros
los pulpos en las ánforas
luna de verano.

Durante la luna llena
la marea alta llega
hasta mi puerta.

El cucú
un bosque de bambú
filtra la luna.

Olor grasiento
sobre una planta acuática
entrañas de carpa.

Qué fresco este muro
contra las plantas de mis pies durante la siesta.


El vendedor de sepias
su voz mezclándose
con la de un cucú.

El rayo desgarrando
la noche negra
el grito de la garza.

Claro de luna 
el niño que acompaño
 
tiene miedo de los zorros.

En la cascada clara
las agujas verdes de los pinos 
se desparraman.

En la cima de un árbol 
el cadáver de una cigarra.

Fin de mes sin luna 
abrazo un ciprés de mil años
 
en plena tormenta.

Al oscurecerse el mar
la voz del pato salvaje
apenas es blanca.

De cuando en cuando 
las nubes acuerdan una pausa
 
para los que contemplan la luna.

Del Este o del Oeste
sobre los campos de arroz
el sonido del viento.

Este u Oeste 
la misma tristeza
viento de otoño.

Luna llena de otoño
he vagado toda la noche
alrededor del lago.

Por aquí y por allá se oye 
el murmullo de las cascadas
y las hojas caen.


Viento de otoño
matorrales y páramos
barrera de Fuha.

Lluvias frías
hasta el mono quisiera
un abrigo de paja.

Sobre la rama seca
se ha posado un cuervo
tarde de otoño.

Día de apacible felicidad
el monte Fuji velado
por la lluvia brumosa.

Más blanco que las piedras
de la montaña rocosa
el viento de otoño.

Nadie emprende este camino 
salvo el crepúsculo de otoño.
Este mismo paisaje 
oye el canto y ve la muerte
 
de la cigarra.

¿Con qué voz cantarás
y qué canto araña
en la brisa de otoño?

Sol púrpura y ardiente
pero el viento es de otoño.

Otoño profundo
¿Cómo vive mi vecino?

Adherida a un champiñón
la hoja de un árbol desconocido.

El sonido de la campana
se expande en la bruma
del alba.

La tormenta arrecia
la cara de alguien empapada.

Sopla el viento de otoño
pero los erizos de las castañas son verdes.

Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto.

Choza pobre
los llantos de un perro
bajo la lluvia nocturna.

Nada dice 
en el canto de la cigarra
 
que su fin está cerca.

En la noche oscura
buscando su nido
llora el chorlito.
Sopa de arroz
oigo tocar el laúd
granizos sobre el tejado.

Luna llena
niebla desde las colinas
hasta los arrozales.

Las voces de las gentes 
vuelven por el camino
crepúsculo de otoño.

Nieve matinal
los puerros 
marcan el nivel
 
en el huerto.

Se ha escondido
en el bosque de bambú
el viento de invierno.

La primera nieve
qué felicidad
visita mi ermita.

Vestido de escarcha
cubierto de viento
 un niño abandonado.

Hielo nocturno
me despierto
mi cántaro estalla.

Primeras nieves
apenas se inclinan
las hojas del narciso.

Jardín de invierno
la luna como un hilo
una voz de insecto.


Nieve y más nieve
esta noche de fin de año
bajo la luna clara.

Tan enjuto
como el salmón seco
el bonzo en el frío.

De ordinario detesto al cuervo
pero esta mañana...
sobre la nieve.

Sol de invierno
sobre un caballo
mi silueta helada.

Tres hombres se encuentran
para festejar el Año Nuevo
 
y disputan.

Los puerros lavados de blanco
qué frío.

Las ráfagas de invierno 
se abisman en los bambúes
 
y se calman.

La lluvia de invierno cae 
sobre el establo
un gallo canta.

Desolación invernal
en un mundo uniforme
el ruido del viento.

Sobre los arrozales
alboroto de ocas salvajes
lluvias frías de invierno.

Brasas bajo la ceniza
sobre el muro
la sombra del invitado.

Me llamarán por 
el nombre de caminante
primeras lluvias de invierno.

Expuesto a la intemperie 
y resignado cómo corta
el frío mi cuerpo.

Envolviendo los pastelillos 
con la otra mano se aparta
 
el pelo de la frente.

No olvides nunca
el sabor solitario
del rocío blanco.

El sonido del remo 
contra el agua
 
entrañas heladas
en la noche lágrimas.

Y ahora
vamos a contemplar la nieve
hasta caer agotados.

Retiro de invierno
sobre el biombo dorado
envejecen los pinos.

Ni una gota de rocío
cae del crisantemo
helado.

Pediría prestadas para dormir 
sus ropas al espantapájaros
hielo de medianoche.


Casi invierno
a través del chaparrón
la forma de la luna.

Si hablo tengo frío en los labios
viento de otoño.

¿La nieve que cae 
es otra este año?

Enfermo durante el viaje
mis sueños
 
por los páramos yermos.

El árbol quiere la paz
pero el viento
no se la concede.
En la noche sin estrellas
me guía el corazón.

Sentado en el valle
inmensidad más breve
que la tormenta.

La nieve de la cima
piensa que es eterna,
mas sólo es 
el sueño del volcán.










[1] Fernando Rodríguez‑lzquierdo: "El haiku japonés".  Ver bibliografía.